Archive for the ‘Coordinación’ Category

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TraduEmprende

29/05/2013

Mi «crónica» sobre TraduEmprende.

A la vuelta de las II Jornadas de Ciencia y Traducción, donde di una ponencia cortita sobre la coordinación de proyectos autónoma, vi por casualidad (creo que en Twitter), que se iba a organizar una jornada de traducción en Madrid y que buscaban a algún profesional que la inaugurase. Como venía con la sensación de que no había aprovechado mi estancia en Córdoba todo lo que me habría gustado, mandé un correo por si les interesaba que yo fuese esa persona. Y, el lunes a mediodía, me dijeron que sí, que lo fuese.

Primero pensé en hablar también allí sobre coordinación pero, al saber que la mayoría de los asistentes iban a ser estudiantes y recién licenciados, pensé que eso no les ayudaría demasiado ya que, para coordinar, hay que tener experiencia en el campo de la traducción. Así que cambié mi discurso al del mercado laboral, que pensaba que les gustaría.

De modo que, a Madrid que me fui el día 23 de mayo. La verdad es que fueron dos días muy intensos ya que aproveché para reunirme con gente a la que sólo veo cuando voy a la capital de España o a algún «sarao traductoril».

Y llegó el momento de mi ponencia. Tengo que reconocer que estaba menos nerviosa que en Córdoba, probablemente porque ya había adquirido algo de experiencia. Aunque, ahora que nadie nos lee, en realidad era mi segunda charla en solitario. (Ojo, menos nerviosa no significa que no estuviese nada nerviosa, que por mi venas corre sangre. O eso me dicen los médicos.)

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Introducción al mercado laboral.

A modo de resumen, para que no tengáis que verlo entero si no tenéis tiempo, os contaré que en mi media hora alargada animé a los asistentes a que saliesen de su zona de confort y a que empezasen a buscar clientes. Les conté algunas diferencias sobre clientes directos y agencias; hablé sobre tarifas, dando ejemplos para que cada uno elija lo que quiere pedir (sí, sí, me encargué de recopilar tarifas reales de traductores y agencias para que se viese lo que hay por ahí, que ya va siendo hora de que salgan a la luz); traté el tema de la negociación y los descuentos; hablé de las agencias que tienen tarifas que a mí me parecen bajas (y no por eso se hacen de oro, que muchas agencias son honradas); expliqué por qué la vida social del traductor es importante y, para finalizar, comenté a los asistentes que no tuviesen miedo al fracaso, que aprendiesen de él. Tras las intervenciones de los demás ponentes, me pidieron que clausurara TraduEmprende, algo que hice encantada. A ver si tenemos suerte y pueden colgar los vídeos de las ponencias.

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¡Buenas noticias! ¡La timidez se vence!

TraduEmprende me brindó la oportunidad de desvirtualizar a algunos compañeros. Eso sí, me quedé con la ganas de conocer a otros, como a Elena Nevado, que siempre me escribe cosas muy bonitas y tuvo la delicadeza (¡gracias!) de no interrumpir la conversación que estaba teniendo cuando hablaba con Marta Stelmaszak, lo cual supuso que, al final, nos quedásemos con las ganas de vernos. Y, encima, hace un rato me he enterado de que no va a Toledo. Vaya.

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El público asistente.

Si es que, como ya comenté, la vida social del traductor es muy importante. ¿Os dais cuenta de que la mayoría trabajamos desde casa? Estamos casi todo el día solos así que, estos acontecimientos, aparte de lo que puedan enseñarnos, los necesitamos para salir de casa y «oxigenar nuestros cerebros», desvirtualizar a colegas a los que sólo conocemos a través de Internet y, ¿por qué no?, para pasar un rato agradable entre amigos, hablando también de asuntos que no tengan nada que ver con nuestra profesión.

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Sólo me queda ya felicitar y dar las gracias a Leon Hunter y a sus chicos (en especial a Lourdes Yagüe, que fue quien se encargó de cuidarme) por haber organizado esta jornada y por haberme invitado a formar parte de ella. Y gracias otra vez, Leon, por lo que has dicho de mí en tu blog.  Ayer cuando lo leí, me emocioné.

Próxima parada… Toledo. (Siempre que no salga algo entre medias, que nunca se sabe.)

PD. Si queréis leer los tuits y más entradas sobre TraduEmprende, Rafa López las ha recopilado en su blog. Y si queréis ver las ponencias, podéis hacerlo a través del blog de Leon Hunter. Las mías podéis verlas aquí:

Inauguración de TraduEmprende

Clausura de TraduEmprende

 

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Los fallos en las traducciones inversas de cara a los clientes

17/04/2013

El trato con los clientes (3ª parte)

Abril y aún no he publicado nada. He tenido el inicio de año con más trabajo de toda mi carrera profesional. ¿Crisis? ¿Quién habló de crisis? Eso pensaba yo en enero y febrero. Marzo ha ido flojo, pero me ha venido bien para descansar en Fallas y en Semana Santa. Y abril, pues también ha empezado flojo, es decir, que sí, que la crisis sigue ahí.

Bueno, vuelvo con los clientes. Esta vez para ver cómo tratar con ellos cuando no estén contentos con el trabajo que ha realizado uno de nuestros traductores de otros idiomas… y tengan razón. (Porque hay veces en las que no la tienen.)

¿Qué pasa si te llama un cliente y te dice que una traducción inversa que te ha encargado no está bien hecha? En principio no hay que tomar las palabras del cliente como algo cierto ya que corregir a un nativo no siéndolo es un acto muy temerario y atrevido. Si el cliente es español y el texto se ha traducido, por ejemplo, al alemán, lo que yo hago en estos casos es, en primer lugar, pedir amablemente al cliente que me muestre fallos concretos para que pueda trasladárselos al traductor y que así éste me dé una explicación. Después se lo comento al revisor —o al traductor, porque debemos tener en cuenta que hay clientes que prefieren «hacer» la revisión en plantilla— y le pido que, por favor, mire los supuestos errores y me diga si realmente son fallos o si no lo son.

Los fallos de vocabulario

Ahí pueden ocurrir dos cosas: que esos fallos sean reales o que no lo sean. En esta entrada voy a hablar de las ocasiones en las que el cliente tiene la razón. Si son fallos reales, tendremos que reconocérselo a la persona que nos haya contratado, pedirle mil disculpas, intentar que nos dé un poco de margen en lo que a la entrega se refiere para subsanar el error —excepto en los casos en los que vayamos sobrados de tiempo, que no suelen producirse muy a menudo— y pedir al traductor o al revisor que corrija el fallo. Si el cliente no es muy amable, habrá que lidiar con él lo mejor que podamos. Lo cierto es que la gente suele ser más comprensiva de lo que pensamos. Si el autor del fallo no puede hacerlo —o pensamos que no está capacitado para ello— tendremos que buscar a otro profesional para que arregle el empastre. «Pero, en ese caso habrá que pagar a esa persona», pensaréis. Pues sí. ¿Y, de dónde se paga eso? Pues, o de la tarifa del traductor o del revisor, o de nuestro bolsillo. Depende de la situación y de lo que hayamos acordado con el traductor o el revisor. Pero en ningún caso se le puede cobrar al cliente ya que el fallo no es suyo. Esto es uno de los riesgos de ser coordinador, que tienes que atenerte a las consecuencias de los fallos de los trabajadores a los que subcontratas. (Cosa que también deberían hacer ellos: hacerse cargo de los errores que cometan contigo.)

 

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Los fallos de redacción en general

¿Qué pasa si el cliente me dice que se trata de la redacción en general, que no le parece clara? Yo, en esa situación, antes de decirle nada al supuesto causante del fallo, llamo a un traductor alemán de confianza, alguien con quien ya trabaje y de quien me fíe, le cuento lo que me ha ocurrido, y le pido que por favor revise un fragmento de esa traducción. En ese caso le pago por horas, en un primer momento de mi bolsillo por si el traductor sí que es bueno; luego, si no lo es, se puede negociar con el traductor para descontárselo de su tarifa. También es cierto que, si hay buena relación, ese traductor puede hacerlo sin cobrarnos. A fin de cuentas, si no nos ayudamos entre nosotros, ¿quién va a hacerlo? Pero eso es algo que debe salir de esa persona. Nosotros siempre tenemos que ofrecer pagar —y estar dispuestos a hacerlo si nos dicen que sí—. Personalmente, si a mí me llama en alguna ocasión un colega y me hace esa solicitud, yo no se lo cobro, pero eso depende de cada uno. Bueno, que me voy por las ramas. En caso de que me diga que la traducción está bien, yo le traslado al cliente lo que he hecho y le pido que me dé ejemplos para poder comentarlo con el traductor.

Pero, ¿y si está mal? ¿Y si realmente la redacción no es buena? Ay. Ahí es cuando tenemos que apechugar y coger al toro por los cuernos. Si eso ocurre, hay que contratar a un revisor y pagarle. Como hemos dicho antes, bien de la tarifa del traductor, bien de nuestro bolsillo, pero nunca a costa del cliente. A mí esto me ocurrió en una ocasión, y la verdad es que la traductora reaccionó muy bien y pagamos al revisor de su tarifa.

Hasta ahí tenemos los dos supuestos que de fallos de los que yo he sido «víctima»: de vocabulario y de redacción.

En la próxima entrada hablaremos de la parte «positiva» (por llamarla de algún modo) para nosotros de los fallos que encuentra el cliente, es decir, cuando el cliente no tiene razón.

 ¿Y vosotros? ¿Os habéis encontrado alguna vez en una situación similar? ¿Habéis tenido que lidiar con clientes que se quejaban, con razón, de fallos en la traducción? ¿Cómo habéis resuelto la situación?

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Las consultas a los clientes

06/11/2012

El trato con los clientes (II parte)

Las consultas a los clientes sobre dudas terminológicas

Como AulaSic ya ha anunciado que mi entrada «promete tener continuación», no tengo más remedio que escribirla. De lo contrario, voy a quedar muy mal. 🙂

Volvemos por tanto con los clientes. Pero esta vez no hablaré sobre cómo tratarlos para conseguir su fidelidad; me centraré en cómo tratar con ellos para que no piensen que somos unos ineptos por tener dudas.

¿Qué ocurre cuando tenemos que preguntar al cliente sobre un término o una frase que no conocemos y no conseguimos descifrar? Si el cliente es una agencia, no debería suponernos ningún problema ya que ellos comprenden que los traductores tengan dudas pero, ¿y si es un cliente directo que no sabe nada del mundo de la interpretación? Ahí es cuando a muchos les entra el miedo. Y yo lo entiendo, aunque no lo comparto.

No hay que tener miedo a preguntar

Hay que pensar —y contar al cliente—, que el objetivo de la traducción no es superar un examen: es conseguir que el texto de llegada sea el que el cliente necesita.

Un conocido, cuando se enteró de que era traductora-intérprete jurada (ahora con número), me contaba que era una lástima no haberme llamado a mí para hacer la traducción jurada de sus títulos universitarios. Me decía que se la había encargado hacía un tiempo a otro traductor que había resultado ser malísimo porque le hizo preguntas sobre algunas de las asignaturas de su expediente académico. Yo le expliqué que eso significaba justo lo contrario; que implicaba el traductor se preocupaba por que su trabajo fuese bueno y prefería asegurarse de que tenía los términos de esas asignaturas complicadas correctos.

Si hacemos preguntas, no somos malos traductores

Hay clientes que, al ser ajenos al mundo de la traducción, piensan que si le hacemos preguntas es que somos malos traductores. Ahí tenemos la muestra de mi conocido: un señor culto, con estudios, un buen trabajo y que no sabía nada de nuestra profesión. En ese caso hay que explicarles que un traductor no puede saberlo todo y, si bien antes de ir a quien nos ha contratado debemos utilizar todos sus recursos para resolver el entuerto, existen ocasiones en las que, debido a la complejidad del texto, quien mejor va a resolver la duda es el cliente.

A veces da un poco de apuro, es cierto, pero os sorprenderíais al ver la cantidad de clientes que, una vez se lo explican, lo entienden perfectamente y ayudan muy amablemente al gestor (o al traductor) con las dudas que tenga. Todos nos hemos encontrado ante esa situación y, al menos al principio, nos ha costado hacerla, pero no debemos dejarnos amedrentar por la situación. Tenemos que lanzarnos. De lo contrario, nunca conseguiremos avanzar en nuestro trato con el cliente: no resolveremos bien esa duda y nos arriesgaremos a meter la pata y, en consecuencia, a perder al cliente.

No podemos saberlo todo.

¿Y si el consumidor de nuestro producto no es tan comprensivo? En ese caso, la cosa está más complicada. Habrá que tratarlo con más delicadeza y explicarle con amabilidad que los traductores no podemos estar especializados en todos los campos y que hay ocasiones en las que es normal que tengamos dudas que no podamos resolver.

Supongamos que el cliente es un abogado: se le puede explicar que, si los abogados se especializan en un campo (civil, penal, laboral, etcétera), porque no pueden estar lo debidamente bien preparados para todos, el traductor hace lo mismo, pero a en una escala diferente. El traductor se especializará en traducciones jurídicas, y es normal que le pueda surgir algún término que se escape a sus conocimientos y a sus recursos y, por lo tanto, tendrá que acudir al cliente para poder resolverlo.

Eso sí, todo esto hay que hacerlo con seguridad. No hay que dejar que el cliente piense que lo que le estamos diciendo no es propio de un profesional. Aquí hay que volver a aplicar la tónica de la firmeza amable. Es muy importante que al cliente le quede claro que es lógico que un traductor no pueda saberlo todo.

¿Y si a pesar de ser amable y explicarle las cosas con claridad, seguridad y firmeza no lo entiende y piensa que somos unos inútiles? En ese caso, poco puedo recomendaros yo. Bueno, una cosa sí: que hay que tener claro que eso no significa que seamos malos y que, si el cliente no vuelve a nosotros, aunque perdemos unos ingresos, también ganamos en tranquilidad ya que, ¿de verdad queremos trabajar para alguien que no respeta nuestro trabajo? ¿Vosotros lo haríais?

¿Habéis tenido alguno una experiencia similar?

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El trato con los clientes (I parte)

25/09/2012

La amabilidad, la firmeza y la seguridad.

Sé que Fede no habría querido ser el protagonista de ningún blog mucho tiempo: le habría dado apuro. Así que, aquí va la entrada que tenía preparada para después del verano donde hablaremos de clientes directos, los grandes desconocidos de los traductores que sólo trabajan para agencias.

¿Cómo se debe tratar a los clientes? Personalmente creo que con una mezcla de firmeza, amabilidad y seguridad.

La amabilidad y la seriedad no están reñidas.

El cliente busca tranquilidad en el proveedor de servicios. Quiere que se le facilite el trabajo al máximo y que el resultado sea bueno. No pide poco ni nada, ¿eh? Nosotros debemos proporcionarle eso a cambio de que él nos facilite también nuestra tarea, nos trate con respeto y, por supuesto, nos pague.

¿Qué debemos transmitirle? Confianza, seguridad y tranquilidad. Y todo eso con amabilidad, pero sin caer en la trampa de ser el pardillo al que todos toman el pelo. Para eso hay que demostrar que somos serios y firmes. Y, si no lo somos porque llevamos poco tiempo en este ámbito, pues nos lo hacemos. Fijaos, curiosamente aquí entran todas esas clases de interpretación de la universidad de las que, los que nunca os dedicaréis a ella, pensabais: «Otra vez interpretación. La mayor tontería del mundo ya que nunca voy a dedicarme a ello.» Pues, aquí es cuando os va a ser muy útil ya que os van a ayudar a aprender a ocultar los nervios. O, al menos, así lo veo yo. En clase tenías que hacer una interpretación en público y, si los profesores eran poco amables (algo que me ocurrió a mí con alguna profesora, especialmente con una de las tutoras del ya extinto Postgrado en Interpretación de Conferencias de la Universidad de Westminster), el nervio era mayor, así como la necesidad imperiosa de ocultarlo. Pues, ahí es cuando los traductores debéis aprovechar para sacar un beneficio de esas clases. Ahora es cuando podéis poner en práctica esas tácticas que tuvisteis que inventaros sobre la marcha para no transmitir el nerviosismo a los «malvados» profesores de interpretación.

Una de las maneras que hay para aprender a cómo tratar a los clientes es fijándonos en los demás. Se puede aprender: de los propios clientes directos, de las agencias, que también son clientes, y también de los traductores a los que contratemos. Otra manera es trabajando en una empresa, si es de traducción, como coordinador de proyectos, si es otro tipo de empresa, se aprende del trato que se tiene con los clientes y de cómo te tratan tu jefe y tus compañeros.

El cliente te llama, te pide un encargo, en unas décimas de segundo piensas en opciones para llevarlo a cabo. No tienes al traductor adecuado, pero conoces a quien te lo puede recomendar. El proyecto es, por tanto, factible. Por ahí se empieza. Le dices al cliente que sí, que no se preocupe por nada ya que tú se lo organizas todo.

Si le transmites tranquilidad y seguridad, ya te has ganado a medio cliente. Ojo, que luego tienes que demostrar que vales y que cuentas con profesionales competentes. Si consigues eso, probablemente te habrás ganado al otro medio cliente.

Esto hay que hacerlo con seriedad pero con un talante amable. Y todo es cuestión de fijarse en nuestro día a día. Cuando vamos a la panadería a comprar el pan, ¿qué preferimos, encontrarnos una cara sonriente detrás del mostrador o una cara de mal humor? Lo mismo ocurre si vamos a subcontratar a un traductor. ¿Preferimos uno atento, que nos trate con alegría y predisposición para realizar un buen trabajo o uno serio y parco en palabras que parezca una máquina? Recordad que nunca hay que olvidar que, detrás de la pantalla, hay personas, tanto en el caso de los clientes, como en el de los traductores.

Siempre es mejor mostrar una sonrisa que un semblante amargado o cabreado.

Si nos pasamos de amables, puede que piensen que no somos serios. Y lo mismo a la inversa. ¿Y hacia qué lado tiramos hasta que encontremos el punto medio entre esa firmeza y esa cordialidad? Hacia la seriedad. Ya iremos poco a poco encontrando la combinación adecuada de ambos.

Así que, ya sabéis: a coger una batidora y a mezclar la firmeza con la amabilidad. J

Continuará…

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Cuando la agencia no es el malo de la película (II parte)

03/07/2012

Cuando escribí esta entrada, lo hice de una sola pieza. Al ver que era demasiado larga, pensé que lo mejor era dividirla en dos y publicarlas con una semana de diferencia. De ese modo no «aburriría» demasiado a los posibles lectores de mi blog. Y, ¿qué ha pasado? Pues que, aunque a los blogs nos gustaría  dedicarles más tiempo, primero va el trabajo remunerado, que es el que nos da de comer.  Y eso es lo que me ha ocurrido, que el trabajo remunerado es lo primero y, por tanto, lo que podría haber publicado el mismo día, o al día siguiente, ha tardado más de un mes en ver la luz. De modo que alguno igual tiene que leer mi entrada anterior para volver a coger el hilo.

Contaba hace un mes mi experiencia no excesivamente agradable con un traductor en cuanto al trato personal, y decía que es importante tratar bien al traductor, pero también lo es que él nos trate bien a nosotros. A fin de cuentas, los coordinadores también somos personas.

¿Y qué pasa con la calidad? El responsable final es la agencia o el coordinador. ¿Y si el traductor falla? ¿Nos hemos parado a pensar en las consecuencias que tiene eso para los intermediarios?

La anécdota que quiero contar en esta entrada es la del caso en el que necesitaba un traductor especializado y el que solía hacerme esa combinación estaba ocupado. Busqué por aquí, busqué por allá, y acabé otra vez en Traducción en España y en Asetrad. El traductor tenía buena pinta, pero resultó no ser tan especialista como pensábamos (creo que también fue una sorpresa para él). La entrega, afortunadamente, era por partes. Cuando mandé la primera, me llamó el cliente y me dijo que la traducción no estaba bien. Yo, cuando un español critica a un traductor extranjero por una traducción al idioma materno del segundo, me tomo mi tiempo: pido que otro traductor nativo de esa lengua con experiencia le dé un vistazo y me confirme que el cliente está en lo cierto. Normalmente tiene razón el traductor, pero en este caso la tenía el cliente.

Ay, Dios, ¿con qué cara vas al cliente a decirle que él, que no es nativo del idioma al que se traduce, tiene razón? Menudo mal trago. Por suerte para todos, tenía solución para él y, afortunadamente para mí, se trataba de un cliente con la flexibilidad que considero que todos deberíamos tener, de los que comprenden que cualquiera puede meter la pata. Pero menudo mal trago pasé mientras arreglaba el entuerto.

Hablé con el traductor, y su primera reacción fue que qué le estaba contando. Decía que tenía experiencia en ese campo y que su trabajo era bueno. ¿Cómo haces para decirle a un traductor que su trabajo no es bueno cuando él es el nativo y no tú? No es nada sencillo. En este caso, por suerte para todos, el traductor supo quién le había revisado y se le abrieron los ojos. Ahí cambió. Ya me pidió disculpas y estuvo muy predispuesto a hacer cuanto estuviese en su mano para arreglar el problema. ¿Y cómo lo hicimos? Teníamos el fin de semana de margen (por suerte, dadas las circunstancias) y la persona que me había ayudado a comprobar la calidad del trabajo del traductor al que había contratado se ofreció a revisarlo durante ese tiempo. (Nunca le estaré lo bastante agradecida porque siempre me ayuda con los problemas. Es como mi ángel guardián.) El traductor entendió que la culpa era suya y aceptó que la revisión de su trabajo se pagase de su tarifa de 0,09 euros por palabra. Al revisor así podríamos pagarle 0,03 euros por palabra. Y diréis, pero si debería haber un revisor. La revisión como tal va aparte. No puedes mandar a revisar un texto malo. La traducción debe llegar ya en condiciones de que se revise. Pero ese es otro cantar.

En este caso, el fallo del traductor no fue de trato. Si bien le costó un poco reaccionar, al final lo hizo y estaba dispuesto a ayudar en lo que hiciese falta, algo que no todos los traductores hacen, y eso hay que valorárselo y agradecérselo. Menos mal que él conocía al revisor. De lo contrario se me habría complicado el asunto. ¿En qué se falló aquí el traductor? En la calidad. El trabajo que hizo no era bueno y, si no llego a tener el fin de semana de por medio y el cliente no llega a ser alguien coherente, habría perdido al cliente seguro (que, además, ha resultado ser un cliente bueno.)

¿Qué significa esto? Que los traductores somos la base de esta profesión y, si bien tenemos que andar con mucho ojo con las agencias y con los clientes directos, también debemos cuidarlos. A veces nos creemos que somos el non plus ultra de la traducción y no es así. Hay traductores que se ofenden con demasiada facilidad cuando se cuestiona la calidad de su trabajo. Señores, todos, todos, todos nos equivocamos, incluido Martínez de Sousa (que, si le preguntáis, seguro que estará de acuerdo conmigo). Si bien es cierto que muchas veces se nos corrige sin que nuestro trabajo esté mal hecho, personalmente creo que no está de más ser un poco más humilde y considerar la posibilidad de que uno se pueda equivocar. Los traductores no somos perfectos. Somos humanos y, por tanto, también podemos cometer fallos. ¿Qué es lo importante? Aceptarlo con humildad y aprender de ello. Por otra parte, también nos olvidamos de que detrás de una agencia hay personas y que, del mismo modo que a nosotros nos gusta que nos traten bien, debemos pensar que a esas personas hay que tratarlas con educación.

Siendo amables llegaremos más lejos.

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Cuando la agencia no es el malo de la película (I parte)

13/05/2012

¿Qué ocurre cuando el traductor no trata bien a la agencia?

Publicaban el otro día en una asociación de las dos a las que estoy afiliada, un anuncio en el que una traductora avisaba sobre una agencia que no pagaba. Y, a raíz de ahí, viene mi entrada (que ya tocaba que llegase).

Mi volumen de trabajo, comparado con el de las agencias, es pequeño, pero suficiente como para que algún traductor me haya fallado. Como traductora tengo que decir que todas las agencias con las que he trabajado han pagado cuando toca. Alguna se ha despistado un poco pero, cuando le he reclamado, ha pagado. Vale, no ha pasado lo mismo con los clientes directos, pero con ellos trabajo más como coordinadora que como traductora.

Nos quejamos de que hay agencias que no pagan o tardan en pagar, de que a veces no nos tratan bien, de que nos mandan mensajes escuetos en los que nos envían el texto y casi ni nos dicen «Hola, ¿cómo estás?», de que no nos dan las gracias por nuestro trabajo ni nos felicitan cuando es bueno y, sin embargo, fíjate tú, resulta que nos mandan parrafadas, o incluso nos llaman, cuando metemos la pata.

Todo eso es cierto y estoy totalmente de acuerdo con que algunas son así (ojo, no todas), pero, ¿qué pasa cuando es el traductor el que no se porta bien con la agencia? ¿Cómo puede la agencia quejarse?

Afortunadamente, los dos casos en los que me ha fallado un traductor se pudieron solucionar con relativa facilidad. La verdad es que me considero afortunada porque la mayoría de los traductores con los que trabajo son agradables y están dispuestos a ayudar. A cambio de eso, yo también procuro cuidarles atendiéndoles en todo lo que necesitan. Eso sí, si un traductor deja de ser amable o tiene algún detalle no excesivamente agradable conmigo, dejo de trabajar con él. A fin de cuentas, los coordinadores y los integrantes de las agencias también somos personas. Lo siento, que el texto final sea bueno es importante, pero que el traductor te trate con amabilidad y comprensión también lo es, al menos para mí.

Entrando en mis casos desafortunados, el primero fue durante un mes de agosto en el que necesitaba una traducción al inglés y no había manera de encontrar un traductor que pudiese hacerla. Tenía revisor, pero nada más. Acudí a la lista Traducción en España y encontré una. La tarifa que me daba, para mi manera de ver el negocio, era baja, 0,05 eur/pb. (Perdón, que ahora ya no se llama «baja», se llama «competitiva». No vayamos a herir susceptibilidades.) Yo tenía hasta 0,08 eur/pb para pagar y pensé: «Bueno, como hay tiempo dado el volumen del texto, que lo haga por ese precio, yo hago una revisión extra y la pago con lo que “sobra”. Si la traducción luego es buena, en los siguientes proyectos le pagaré más y así, además de llevarme una traductora competente, pongo mi granito de arena en la lucha para subir las tarifas de los traductores.» En este caso, para mi desgracia se cumplió aquello de que el traductor barato es malo (que no tiene por qué ser en todos los casos, ni muchísimo menos). Bueno, tenía plazo, revisor y dinero así que en realidad era un mal menor. No había dado con alguien que mereciese la pena como traductora, pero al menos el proyecto iba a salir bien.

¿Dónde estaba entonces el problema? En el trato de la traductora. Al ver la revisión, le mandé el texto con los cambios resaltados y algunos comentarios del estilo de: «El revisor aquí pone X y tú pones Y, ¿podrías por favor explicarme si lo correcto es lo de él o lo tuyo? Y, en caso de que sea lo tuyo, ¿podrías explicarme por qué? Necesito también que, por favor, des un vistazo al texto ya que hay muchos cambios que no son de estilo» Que no es más que una manera educada de decirle que tengo dudas sobre la calidad de su traducción y que, por favor, me haga ver que estoy equivocada.

Cuando a mí una agencia me revisa y me pregunta, yo le explico: «pues, mira, aquí tienes razón tú y yo he patinado, lo que me dices aquí es estilo así que puedes poner cualquiera de las dos opciones, pero esto es lo que te he puesto yo porque a lo que se refiere es a (explicación). Míralo aquí (enlace).» Su respuesta fue: «en esto tiene razón el revisor, en esto yo.» Sin explicar nada. Yo le había puesto cuatro fallos a modo de ejemplo para que mirase el texto entero, y ella se limitó a poner eso en cada uno de los fallos que le había resaltado yo, sin ni siquiera dar al menos un vistazo a los cambios que le había hecho el revisor. ¿Así cómo voy a saber quién está en lo cierto cuando no estoy trabajando con mi idioma materno?

Cuando le volví a sugerir que por favor diese un vistazo al texto, me acusó de tratarle como a una niña («you are patronising me», me dijo). Seguir con la discusión no tenía sentido así que lo dejé estar, le pagué y ya no volví a contratarla. Como traductora, si una agencia me pide explicaciones, se las doy. Si pide demasiadas, le digo que mi tiempo vale dinero, pero nunca le trato mal ni soy irrespetuosa.

Nos quejamos de cuando no nos pagan pero, ¿qué pasa cuando el traductor no cumple? Mañana la segunda parte.

Continuará…
(¡Ja! Como en las series de la tele.)

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¿5 000 palabras al día a 0,05 euros por palabra?

23/02/2012

¿5 000 palabras de traducción inversa especializada al día a 0,05 euros por palabra y en fin de semana?

El otro día necesitaba un traductor para realizar una traducción de español a inglés sobre unos textos especializados.

Pregunté a otros colaboradores, a gente en la que confío, a amigos traductores que siempre me han dado buenas referencias y, como el tiempo apremiaba, pregunté también en dos listas: la de Asetrad y la de Traducción en España.

Uno esperaría que en esas listas la gente sea seria y profesional. Pues, parece ser que no es del todo así. Sorprendentemente, casi todos los traductores que me contestaron eran españoles con tarifas de entre 5 y 9 céntimos por palabra, y ni siquiera estaban especializados en el campo que yo solicitaba. La que más tenía, se había sacado el CPE. Y yo me pregunto, ¿la gente no se da cuenta de que con tener el Proficiency no basta para traducir al inglés? Yo puedo entender que alguien realice traducciones inversas, pero con clientes directos y en casos concretos que os contaré en otra ocasión, pero vamos mejor al asunto de las palabras y las tarifas.

¿Qué calidad se puede esperar del trabajo de una traductora que dice poder realizar 5 000 palabras de traducción inversa especializada al día? ¿No se da cuenta de que, con esa presentación, sólo consigue vetar su currículum para posibles proyectos futuros de su combinación y especialidad? Cuando a mí me llega una respuesta a una oferta de trabajo como la que da nombre a este artículo, directamente me apunto «no llamar nunca a esa persona». A no ser que sea una superwoman, claro. Pero una superwoman que puede hacer 5 000 palabras de traducción inversa especializada al día y que sea un trabajo bueno es imposible que las cobre a 5 céntimos por palabra. ¿Por qué? Porque si alguien puede realizar esa cantidad de trabajo al día y de calidad, es que es un superdotado, un fuera de serie y, por tanto, no sería tan tonto (porque los superdotados, por norma general, son inteligentes) de cobrar tan poco.

No comprendo cómo la gente se quiere tan poco. Comprendo que el hambre aprieta y, si no hay más opción, entiendo que se cojan trabajos por poco dinero. Yo lo he hecho. Yo mando mi tarifa a la agencia y, si me dicen que sólo me pueden pagar una cantidad determinada, sopeso la situación: «¿tengo algo mejor que hacer?» Si no tengo otra cosa, pues igual cojo esos 5 o 6 céntimos por palabra. Pero no le doy la tarifa desde el primer momento. Yo tengo una tarifa y ellos deben saberlo. Otra cosa es que, por las circunstancias, yo acepte ese proyecto concreto a un precio inferior al mío habitual. Y eso hay que explicárselo al de la agencia. Para mí es importante que sepa que se lo cojo porque no tengo nada mejor que hacer. Y que le daré prioridad a las agencias que piensan en sus proveedores de servicios. Entonces, muchas agencias dirán que ellas piensan en nosotros. Vale, pues daré prioridad a las agencias que piensen en los traductores y que, además, sepan negociar mejor sus tarifas con sus clientes.

Si soy yo la que recibe la tarifa por parte del traductor y es del estilo de la que he mencionado, algo me olerá mal. O acaba de empezar y no tiene la calidad que yo busco ni los recursos para conseguirlo, o es malo. ¿Y qué hace el que acaba de empezar y no tiene la experiencia que yo necesito? Ese tiene que buscarse la vida. Tiene dos opciones: una es decirme la verdad; que es recién licenciado y necesita revisión por lo que podemos acordar una tarifa que permita buscar a un revisor. La otra es que se busque él le revisor. De ese modo, sigue ofreciendo a la agencia un trabajo de calidad y, aunque gana poco, puede tomárselo como unas «prácticas» ya que, gracias a la revisión del otro traductor, aprenderá.

Y luego está el asunto del recargo por urgencia o por trabajar el fin de semana. Sí, sí. Mi oferta implicaba trabajar el fin de semana. Y la oferta de la traductora, iba a trabajar en fin de semana a 0,05 euros por palabra. Qué caña. Pues, sí, señores, la gente cobra recargos por urgencia y por fin de semana. Hay que pedirlo. Y el cliente debe pagarlo. Si no lo hace es que la agencia no ha sabido negociar bien con él. ¿Qué ocurre si perdemos las llaves de casa y tenemos que llamar a un cerrajero de urgencia un jueves a las 23 horas? Que nos cobra más de lo que nos habría cobrado si le llamamos 5 horas o dos días antes. Pues aquí pasa los mismo. El trabajo extra hay que cobrarlo. Obviamente no siempre funciona así, pero eso sería lo ideal. Ahí, una vez más, la agencia tiene que saber hacerse respetar por el cliente.

En fin, que tenemos que aprender a valorarnos más, a querernos más y a ser más profesionales. Y podría decir más cosas sobre este asunto, pero son las 9 de la noche y me voy a hacer la cena. Otro día más. 🙂

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