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@Federrom

20/09/2012

Tenía una entrada preparada para la vuelta del verano, pero se ha quedado en un segundo plano después de enterarme del fallecimiento de Federico Romero.

Federico Romero. Leer o escuchar esas dos palabras siempre me ha sacado una sonrisa… menos hoy. Hoy leer tu nombre me ha llenado de amargura, mi querido Fede. La tristeza me ha invadido. No me lo acabo de creer. Te has ido. ¡Qué injusto es eso!

Yo nunca te llamé Federrom. Aunque el nombre está muy acertado, a mí me gustaba más Fede. Es menos original, lo sé, pero para mí es más entrañable porque me recuerda a alguien que se llama así y que fue muy especial para mí durante mi infancia.

Te conocía de las asambleas de Asetrad y de otros «saraos» traductoriles. Desde el momento en que intercambié las primeras palabras contigo, me inspiraste un montón de ternura. ¡Qué delicia de hombre, por Dios! Juntaros a ti, a Laura Munoa y a Fernando Navarro daba un «subidón» impresionante.

Qué maravilla.
Congreso de Asetrad (Salamanca, 2008).

Hablar contigo era una maravilla: transmitías una sensación de tranquilidad gloriosa. Eras agradable, modesto a más no poder, y cauto, pero también decías las cosas; eso sí, de modo que no hiriese a nadie o por lo bajini, como cuando hablábamos en privado del sueldo de cierta persona (¡al final lo conseguimos!). Sólo con escuchar tu nombre, a mí ya me venía una sonrisa a la cara. Y, si, además, te veía, ya ni te cuento. De hecho, siempre que podía aprovechaba para charlar contigo.

¿Y sabes una cosa que me chiflaba de ti? Que, aunque ya no eras un niño, seguías manteniendo parte de esa inocencia que les caracteriza, y eso a mí me inspiraba mucha ternura. De hecho, se te veía en la cara: en esa expresión tan risueña que te caracterizaba. ¡Fede, eras tan «achuchable»!

Los fumanchús.
Asamblea de Asetrad (Madrid, 2006).

¿Te acuerdas del congreso de Salamanca de Asetrad? Yo iba de ponente en una mesa redonda y, durante mi turno y el de mis compañeros, salió un tema un tanto delicado. Me tocó a mí contestar a la persona que preguntó y, nada más terminar la ponencia, me fui directa a ti y a Laura Munoa en busca de vuestra aprobación. Sí, para mí eras una referencia en cuanto a hacer las cosas bien y, dada tu cautela, el hecho de que tú (y Laura, todo sea dicho) aprobaseis lo que yo había dicho, me llenaba de tranquilidad.

Qué grupo más salao.
Congreso de Asetrad (Salamanca, 2008).

Buscando en mis archivos, he visto el mensaje que mandé a la Fundéu hace dos años. Yo estaba convencida de que «fallera mayor» se escribía con minúscula inicial, pero unos compañeros me hicieron dudar, así que aproveché un artículo de la Fundéu sobre las Fallas para preguntarles. Qué sorpresa más grata me llevé cuando me contestaste tú.

Tan modesto como siempre, entre otras cosas, me decías:

«Hola, Luisa. Soy Federico Romero.

Aunque apenas me atrevo a discutir contigo sobre fallas y falleras ;-), el cargo, en efecto, se escribe con inicial minúscula, pese a la tendencia que todos tenemos a mayusculizar lo que nos parece especialmente importante.»

¿No te atrevías a discutir conmigo sobre las Fallas? Sí, yo soy muy fallera, ¡pero estaba ansiosa por aprender de ti! Qué mono eras.

Asamblea de Asetrad (Madrid, 2009).

 [Me falta la foto de 2011, pero no la encuentro. La pondré cuando aparezca. Y las anteriores a 2006 se las comió un virus.]

La última vez que nos vimos fue el año pasado en la asamblea de Asetrad, que se celebró aquí, en Valencia. ¿Te acuerdas del domingo? Fuimos a comer Laura Munoa, tú y yo a una zona arbolada de mi ciudad a la que os llevé. Yo pasaba por un momento difícil, y tú y Laura me ayudasteis un montón. Hablar con vosotros era tan reconfortante. Lo cierto es que fue una comida muy agradable. Cuando os dejé en la estación de tren, me quedó una sensación agridulce: agria porque os habíais ido; dulce porque veros a ti y a Laura suponía un atracón precisamente de eso, de dulzura. Y todo esto sin saber que iba a ser la última, porque este año nos fallaste en Bilbao.

La noticia me ha trastocado. Pensar que ya no te voy a volver a ver en ningún «sarao» traductoril me llena de tristeza. ¡Che, Fede! ¡Menuda faena nos has gastado! 😦

Cuando murió mi padre (que, por cierto, también en esa ocasión me mandaste tu cariño), mi hermana dijo: «Hay un ángel más en el cielo».

Ahora hay dos.

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«Aprovechando» la crisis

13/07/2012

¡Caray! Dos entradas en diez días. No, no me he vuelto loca; es lo que tiene el verano, que hay menos trabajo (al menos en mi caso). Así que, allá vamos con otra entrada. Esta vez atacaremos a esa gran enemiga nuestra:

La crisis.

Crisis, crisis, crisis. Todos hablamos de la crisis. ¿Cómo no vamos a hacerlo si nos está «quitando» clientes? La muy… Y es que, cuando la necesidad aprieta, los servicios (traducción, diseño gráfico, bricolaje, etcétera) son los primeros que se van al traste. «¿Que me tengo que gastar 200 euros en traducir esta carta al alemán? Nada, nada. Mejor que lo haga mi secretaria, que habla inglés y mi cliente también entiende ese idioma.» ¿Cuántas veces habremos oído esto? Y, si lo pensamos, en parte es normal. Si el cliente lo que quiere es que el mensaje le llegue a su cliente extranjero, ¿por qué no va a recortar por ahí? Visto de otro modo, ¿cuántos de nosotros nos hacemos la página web para ahorrarnos el dinero que cuesta ese servicio? ¿Y cuántos, en tiempo de bonanza, no hemos dudado en acudir a un diseñador? Pero no hay que pensar: «Así van las cosas, si no dejan el trabajo a profesionales, ¿cómo va a salir bien?». Al final de la historia, el cliente alemán no va a hablar inglés como Shakespeare y entenderá el mensaje, que es lo que les interesa a ambas partes.

Internacionalización.

En lugar de eso, hay que buscar clientes fuera. La crisis nos obliga a ponernos en contacto con empresas de Inglaterra, Francia, Alemania, Australia, etcétera. Algo que normalmente no habríamos hecho en otras circunstancias. Aprovechemos pues que la situación en nuestro país está mal para sacar beneficio de otros países. Así, además de conseguir un sueldo digno, aportamos riqueza a nuestra tierra.

¿Qué más tiene de positiva la crisis para nosotros? Que, al igual que nosotros, muchas empresas están internacionalizándose. Al no haber trabajo en España, tienen que buscar clientes en otros sitios. ¿Y esto qué implica? Que salen a buscar clientes al extranjero. Para suerte nuestra, el nivel de idiomas en España es tan vergonzoso que muchas de estas empresas no tienen un nivel excesivamente elevado y necesitan a alguien que les traduzca e interprete. Así que, ahora es el momento de llegar a todas esas empresas y ofrecerles vuestros servicios. ¿Cómo podemos hacerlo? La mejor opción que se me ocurre es de manera directa. Recordad que los clientes directos ofrecen mejores tarifas. Eso sí, tened cuidado con las tarifas. No las bajéis demasiado con la «excusa» de la crisis ya que, subir de0,10 a0,11 euros es más fácil que de0,07 a0,11 euros. De tarifas hablaremos otro día, pero la de 0,10 euros por palabra debería ser la tarifa mínima de traducción simple (sin revisión) para el cliente directo.

«Sí, claro, como si fuese tan fácil.» Nadie dijo que fuese fácil, pero lo cierto es que, si quieres tener una tarifa digna, tienes que salir a la calle.

¿Qué tipo de clientes pueden solicitar esos servicios? Por ejemplo, constructoras. «Huy, sí, como que me voy a ir al sector de la construcción, que es el que peor está.» Cierto, pero ellos son los que más necesidad tienen de salir al extranjeros y, creedme, para una empresa que hace una licitación de un proyecto de, por ejemplo, 5 millones de euros, gastarse 1000 euros en una traducción no es dinero.

Hay que buscar clientes internacionales o que trabajen con otros países.

El cobro de esos proyectos.

Eso sí, hay que tener mucho cuidado con el cobro de esos proyectos. Yo, por desgracia, lo aprendí a base de palos. En los proyectos grandes, o se cobra la mitad antes de empezar y la otra mitad al terminar (antes de entregar) o, al menos, se cobra todo antes de entregar. Que no os dé palo. Más vale perder un proyecto de 2000 euros que perder 2000 euros trabajados.

La construcción y otras empresas.

A mí la construcción me ha salvado el invierno. Si bien es cierto que en mi caso era traducciones juradas porque mandan licitaciones al extranjero y esas deben ir juradas, también vosotros podéis gestionarlas. No ganaréis tanto como si fueseis el traductor, pero tampoco trabajaréis tanto y podréis buscar más clientes. Además, no es el único tipo de empresas que está saliendo fuera. Yo os menciono a las constructoras porque son las que me han funcionado a mí, pero las hay de todo tipo.

Todo es cuestión de buscar así que, aprovechando que estamos en verano, poneos las gafas y ¡a bucear en el mar empresarial!

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Cuando la agencia no es el malo de la película (II parte)

03/07/2012

Cuando escribí esta entrada, lo hice de una sola pieza. Al ver que era demasiado larga, pensé que lo mejor era dividirla en dos y publicarlas con una semana de diferencia. De ese modo no «aburriría» demasiado a los posibles lectores de mi blog. Y, ¿qué ha pasado? Pues que, aunque a los blogs nos gustaría  dedicarles más tiempo, primero va el trabajo remunerado, que es el que nos da de comer.  Y eso es lo que me ha ocurrido, que el trabajo remunerado es lo primero y, por tanto, lo que podría haber publicado el mismo día, o al día siguiente, ha tardado más de un mes en ver la luz. De modo que alguno igual tiene que leer mi entrada anterior para volver a coger el hilo.

Contaba hace un mes mi experiencia no excesivamente agradable con un traductor en cuanto al trato personal, y decía que es importante tratar bien al traductor, pero también lo es que él nos trate bien a nosotros. A fin de cuentas, los coordinadores también somos personas.

¿Y qué pasa con la calidad? El responsable final es la agencia o el coordinador. ¿Y si el traductor falla? ¿Nos hemos parado a pensar en las consecuencias que tiene eso para los intermediarios?

La anécdota que quiero contar en esta entrada es la del caso en el que necesitaba un traductor especializado y el que solía hacerme esa combinación estaba ocupado. Busqué por aquí, busqué por allá, y acabé otra vez en Traducción en España y en Asetrad. El traductor tenía buena pinta, pero resultó no ser tan especialista como pensábamos (creo que también fue una sorpresa para él). La entrega, afortunadamente, era por partes. Cuando mandé la primera, me llamó el cliente y me dijo que la traducción no estaba bien. Yo, cuando un español critica a un traductor extranjero por una traducción al idioma materno del segundo, me tomo mi tiempo: pido que otro traductor nativo de esa lengua con experiencia le dé un vistazo y me confirme que el cliente está en lo cierto. Normalmente tiene razón el traductor, pero en este caso la tenía el cliente.

Ay, Dios, ¿con qué cara vas al cliente a decirle que él, que no es nativo del idioma al que se traduce, tiene razón? Menudo mal trago. Por suerte para todos, tenía solución para él y, afortunadamente para mí, se trataba de un cliente con la flexibilidad que considero que todos deberíamos tener, de los que comprenden que cualquiera puede meter la pata. Pero menudo mal trago pasé mientras arreglaba el entuerto.

Hablé con el traductor, y su primera reacción fue que qué le estaba contando. Decía que tenía experiencia en ese campo y que su trabajo era bueno. ¿Cómo haces para decirle a un traductor que su trabajo no es bueno cuando él es el nativo y no tú? No es nada sencillo. En este caso, por suerte para todos, el traductor supo quién le había revisado y se le abrieron los ojos. Ahí cambió. Ya me pidió disculpas y estuvo muy predispuesto a hacer cuanto estuviese en su mano para arreglar el problema. ¿Y cómo lo hicimos? Teníamos el fin de semana de margen (por suerte, dadas las circunstancias) y la persona que me había ayudado a comprobar la calidad del trabajo del traductor al que había contratado se ofreció a revisarlo durante ese tiempo. (Nunca le estaré lo bastante agradecida porque siempre me ayuda con los problemas. Es como mi ángel guardián.) El traductor entendió que la culpa era suya y aceptó que la revisión de su trabajo se pagase de su tarifa de 0,09 euros por palabra. Al revisor así podríamos pagarle 0,03 euros por palabra. Y diréis, pero si debería haber un revisor. La revisión como tal va aparte. No puedes mandar a revisar un texto malo. La traducción debe llegar ya en condiciones de que se revise. Pero ese es otro cantar.

En este caso, el fallo del traductor no fue de trato. Si bien le costó un poco reaccionar, al final lo hizo y estaba dispuesto a ayudar en lo que hiciese falta, algo que no todos los traductores hacen, y eso hay que valorárselo y agradecérselo. Menos mal que él conocía al revisor. De lo contrario se me habría complicado el asunto. ¿En qué se falló aquí el traductor? En la calidad. El trabajo que hizo no era bueno y, si no llego a tener el fin de semana de por medio y el cliente no llega a ser alguien coherente, habría perdido al cliente seguro (que, además, ha resultado ser un cliente bueno.)

¿Qué significa esto? Que los traductores somos la base de esta profesión y, si bien tenemos que andar con mucho ojo con las agencias y con los clientes directos, también debemos cuidarlos. A veces nos creemos que somos el non plus ultra de la traducción y no es así. Hay traductores que se ofenden con demasiada facilidad cuando se cuestiona la calidad de su trabajo. Señores, todos, todos, todos nos equivocamos, incluido Martínez de Sousa (que, si le preguntáis, seguro que estará de acuerdo conmigo). Si bien es cierto que muchas veces se nos corrige sin que nuestro trabajo esté mal hecho, personalmente creo que no está de más ser un poco más humilde y considerar la posibilidad de que uno se pueda equivocar. Los traductores no somos perfectos. Somos humanos y, por tanto, también podemos cometer fallos. ¿Qué es lo importante? Aceptarlo con humildad y aprender de ello. Por otra parte, también nos olvidamos de que detrás de una agencia hay personas y que, del mismo modo que a nosotros nos gusta que nos traten bien, debemos pensar que a esas personas hay que tratarlas con educación.

Siendo amables llegaremos más lejos.

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Cuando la agencia no es el malo de la película (I parte)

13/05/2012

¿Qué ocurre cuando el traductor no trata bien a la agencia?

Publicaban el otro día en una asociación de las dos a las que estoy afiliada, un anuncio en el que una traductora avisaba sobre una agencia que no pagaba. Y, a raíz de ahí, viene mi entrada (que ya tocaba que llegase).

Mi volumen de trabajo, comparado con el de las agencias, es pequeño, pero suficiente como para que algún traductor me haya fallado. Como traductora tengo que decir que todas las agencias con las que he trabajado han pagado cuando toca. Alguna se ha despistado un poco pero, cuando le he reclamado, ha pagado. Vale, no ha pasado lo mismo con los clientes directos, pero con ellos trabajo más como coordinadora que como traductora.

Nos quejamos de que hay agencias que no pagan o tardan en pagar, de que a veces no nos tratan bien, de que nos mandan mensajes escuetos en los que nos envían el texto y casi ni nos dicen «Hola, ¿cómo estás?», de que no nos dan las gracias por nuestro trabajo ni nos felicitan cuando es bueno y, sin embargo, fíjate tú, resulta que nos mandan parrafadas, o incluso nos llaman, cuando metemos la pata.

Todo eso es cierto y estoy totalmente de acuerdo con que algunas son así (ojo, no todas), pero, ¿qué pasa cuando es el traductor el que no se porta bien con la agencia? ¿Cómo puede la agencia quejarse?

Afortunadamente, los dos casos en los que me ha fallado un traductor se pudieron solucionar con relativa facilidad. La verdad es que me considero afortunada porque la mayoría de los traductores con los que trabajo son agradables y están dispuestos a ayudar. A cambio de eso, yo también procuro cuidarles atendiéndoles en todo lo que necesitan. Eso sí, si un traductor deja de ser amable o tiene algún detalle no excesivamente agradable conmigo, dejo de trabajar con él. A fin de cuentas, los coordinadores y los integrantes de las agencias también somos personas. Lo siento, que el texto final sea bueno es importante, pero que el traductor te trate con amabilidad y comprensión también lo es, al menos para mí.

Entrando en mis casos desafortunados, el primero fue durante un mes de agosto en el que necesitaba una traducción al inglés y no había manera de encontrar un traductor que pudiese hacerla. Tenía revisor, pero nada más. Acudí a la lista Traducción en España y encontré una. La tarifa que me daba, para mi manera de ver el negocio, era baja, 0,05 eur/pb. (Perdón, que ahora ya no se llama «baja», se llama «competitiva». No vayamos a herir susceptibilidades.) Yo tenía hasta 0,08 eur/pb para pagar y pensé: «Bueno, como hay tiempo dado el volumen del texto, que lo haga por ese precio, yo hago una revisión extra y la pago con lo que “sobra”. Si la traducción luego es buena, en los siguientes proyectos le pagaré más y así, además de llevarme una traductora competente, pongo mi granito de arena en la lucha para subir las tarifas de los traductores.» En este caso, para mi desgracia se cumplió aquello de que el traductor barato es malo (que no tiene por qué ser en todos los casos, ni muchísimo menos). Bueno, tenía plazo, revisor y dinero así que en realidad era un mal menor. No había dado con alguien que mereciese la pena como traductora, pero al menos el proyecto iba a salir bien.

¿Dónde estaba entonces el problema? En el trato de la traductora. Al ver la revisión, le mandé el texto con los cambios resaltados y algunos comentarios del estilo de: «El revisor aquí pone X y tú pones Y, ¿podrías por favor explicarme si lo correcto es lo de él o lo tuyo? Y, en caso de que sea lo tuyo, ¿podrías explicarme por qué? Necesito también que, por favor, des un vistazo al texto ya que hay muchos cambios que no son de estilo» Que no es más que una manera educada de decirle que tengo dudas sobre la calidad de su traducción y que, por favor, me haga ver que estoy equivocada.

Cuando a mí una agencia me revisa y me pregunta, yo le explico: «pues, mira, aquí tienes razón tú y yo he patinado, lo que me dices aquí es estilo así que puedes poner cualquiera de las dos opciones, pero esto es lo que te he puesto yo porque a lo que se refiere es a (explicación). Míralo aquí (enlace).» Su respuesta fue: «en esto tiene razón el revisor, en esto yo.» Sin explicar nada. Yo le había puesto cuatro fallos a modo de ejemplo para que mirase el texto entero, y ella se limitó a poner eso en cada uno de los fallos que le había resaltado yo, sin ni siquiera dar al menos un vistazo a los cambios que le había hecho el revisor. ¿Así cómo voy a saber quién está en lo cierto cuando no estoy trabajando con mi idioma materno?

Cuando le volví a sugerir que por favor diese un vistazo al texto, me acusó de tratarle como a una niña («you are patronising me», me dijo). Seguir con la discusión no tenía sentido así que lo dejé estar, le pagué y ya no volví a contratarla. Como traductora, si una agencia me pide explicaciones, se las doy. Si pide demasiadas, le digo que mi tiempo vale dinero, pero nunca le trato mal ni soy irrespetuosa.

Nos quejamos de cuando no nos pagan pero, ¿qué pasa cuando el traductor no cumple? Mañana la segunda parte.

Continuará…
(¡Ja! Como en las series de la tele.)

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La temida traducción inversa

30/03/2012

Pues sí, y tan temida, porque anda que no crea inseguridades. Normal porque, salvo que seas bilingüe de verdad, pero de verdad de la buena, lo de las traducciones inversas son una temeridad… casi siempre.

Como ya comenté en la entrada de las cinco mil palabras a cinco céntimos de traducción inversa, cuando busqué traductores en las listas de Asetrad y de Traducción en España, la gente no fue lo seria que yo creo que deben ser en esas listas. Para mi sorpresa, casi todos los traductores que me contestaron eran españoles y ni siquiera constaba en su CV que fuesen bilingües. ¡Qué atrevidos me parecieron todos!

Yo puedo entender que alguien realice traducciones inversas en casos concretos que comentaré enseguida, pero no entiendo cómo un traductor tiene la valentía (o más bien osadía) de enviar su CV a un coordinador de proyectos que trabaja en el mundo de la traducción y que tiene otros recursos para encontrar traductores nativos. ¿No se dan cuenta de que con eso sólo consiguen vetar su currículum para posibles proyectos futuros de su combinación y especialidad? Cuando a mí me llega una respuesta así a una oferta de traducción inversa, directamente me apunto «no llamar nunca a esa persona».

¿En qué casos puedo comprender que se realice una traducción inversa sin ser bilingüe (siempre con un nivel muy alto del idioma al que traducimos, claro)? Aunque por norma general yo no lo aconsejo, siempre está la excepción que confirma la regla: por necesidad y, por supuesto, siempre de manera temporal o extraordinaria y nunca como tónica general. En ese caso, tienen que darse tres circunstancias: una, que se tenga a un revisor nativo, dos, que el texto no sea especializado y, tres, que se explique antes al cliente con mucha claridad que la relación calidad-precio de la traducción va a ser inferior que la que tendría si la realizase directamente un traductor nativo. (Al cliente no hay que engañarle nunca.)

Como acabo de comentar, el cliente debe comprender que la relación calidad-precio-tiempo no será la deseable porque hay que cobrarle más ya que hay que contratar a un revisor nativo (eso o nosotros cobraremos menos para pagar al revisor de nuestro bolsillo), porque el plazo de entrega tiene que ser más holgado ya que hace falta una cantidad extra de tiempo para realizar la revisión y porque generalmente la traducción será mejor si la realiza alguien nativo desde el primer momento.

También es discutible (aunque en los tiempos que corren, yo lo comprendo y, de hecho, lo he hecho, valga la «rebuznancia»), que al cliente le dé igual la calidad y te diga que prefiere no pagar esa revisión ni buscar a un nativo y que se lo hagas tú. Ahí, lo profesional es decirle al cliente que no puedes prestarle ese servicio, aunque para mí es comprensible que se haga si el hambre aprieta.

Eso sí, os digo desde ya, que esta cuestión plantea muchas controversias ya que hay muchos traductores que están en contra de que un profesional haga traducciones inversas bajo ningún concepto. Y yo les entiendo perfectamente. Por tanto, ¿por qué digo que puedo comprender que se hagan inversas? Por la primera razón que he dado, que es la misma por la que puedo comprender que haya gente que acepte trabajos por 0,05 euros por palabra: por necesidad. Porque todos tenemos que comer y puede haber situaciones en las que uno necesite ese dinero. Pero personalmente considero que, siempre, siempre, siempre hay que ser honrado con el cliente y asegurarse de que le queda claro lo que implica que una profesional realice una traducción inversa. Y también pienso que, nunca, nunca, se debe tomar esa práctica como algo cotidiano, sino como algo pasajero, con vistas a poder, por ejemplo, coordinar y mándarselo a traducir al revisor nativo que nos ha ayudado cuando lo hemos necesitado porque, sí, los favores se devuelven y, además, hay que ser generosos con nuestros compañeros, pero ese asunto mejor lo dejamos para otra ocasión.

¡Feliz viernes a todos!

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¿5 000 palabras al día a 0,05 euros por palabra?

23/02/2012

¿5 000 palabras de traducción inversa especializada al día a 0,05 euros por palabra y en fin de semana?

El otro día necesitaba un traductor para realizar una traducción de español a inglés sobre unos textos especializados.

Pregunté a otros colaboradores, a gente en la que confío, a amigos traductores que siempre me han dado buenas referencias y, como el tiempo apremiaba, pregunté también en dos listas: la de Asetrad y la de Traducción en España.

Uno esperaría que en esas listas la gente sea seria y profesional. Pues, parece ser que no es del todo así. Sorprendentemente, casi todos los traductores que me contestaron eran españoles con tarifas de entre 5 y 9 céntimos por palabra, y ni siquiera estaban especializados en el campo que yo solicitaba. La que más tenía, se había sacado el CPE. Y yo me pregunto, ¿la gente no se da cuenta de que con tener el Proficiency no basta para traducir al inglés? Yo puedo entender que alguien realice traducciones inversas, pero con clientes directos y en casos concretos que os contaré en otra ocasión, pero vamos mejor al asunto de las palabras y las tarifas.

¿Qué calidad se puede esperar del trabajo de una traductora que dice poder realizar 5 000 palabras de traducción inversa especializada al día? ¿No se da cuenta de que, con esa presentación, sólo consigue vetar su currículum para posibles proyectos futuros de su combinación y especialidad? Cuando a mí me llega una respuesta a una oferta de trabajo como la que da nombre a este artículo, directamente me apunto «no llamar nunca a esa persona». A no ser que sea una superwoman, claro. Pero una superwoman que puede hacer 5 000 palabras de traducción inversa especializada al día y que sea un trabajo bueno es imposible que las cobre a 5 céntimos por palabra. ¿Por qué? Porque si alguien puede realizar esa cantidad de trabajo al día y de calidad, es que es un superdotado, un fuera de serie y, por tanto, no sería tan tonto (porque los superdotados, por norma general, son inteligentes) de cobrar tan poco.

No comprendo cómo la gente se quiere tan poco. Comprendo que el hambre aprieta y, si no hay más opción, entiendo que se cojan trabajos por poco dinero. Yo lo he hecho. Yo mando mi tarifa a la agencia y, si me dicen que sólo me pueden pagar una cantidad determinada, sopeso la situación: «¿tengo algo mejor que hacer?» Si no tengo otra cosa, pues igual cojo esos 5 o 6 céntimos por palabra. Pero no le doy la tarifa desde el primer momento. Yo tengo una tarifa y ellos deben saberlo. Otra cosa es que, por las circunstancias, yo acepte ese proyecto concreto a un precio inferior al mío habitual. Y eso hay que explicárselo al de la agencia. Para mí es importante que sepa que se lo cojo porque no tengo nada mejor que hacer. Y que le daré prioridad a las agencias que piensan en sus proveedores de servicios. Entonces, muchas agencias dirán que ellas piensan en nosotros. Vale, pues daré prioridad a las agencias que piensen en los traductores y que, además, sepan negociar mejor sus tarifas con sus clientes.

Si soy yo la que recibe la tarifa por parte del traductor y es del estilo de la que he mencionado, algo me olerá mal. O acaba de empezar y no tiene la calidad que yo busco ni los recursos para conseguirlo, o es malo. ¿Y qué hace el que acaba de empezar y no tiene la experiencia que yo necesito? Ese tiene que buscarse la vida. Tiene dos opciones: una es decirme la verdad; que es recién licenciado y necesita revisión por lo que podemos acordar una tarifa que permita buscar a un revisor. La otra es que se busque él le revisor. De ese modo, sigue ofreciendo a la agencia un trabajo de calidad y, aunque gana poco, puede tomárselo como unas «prácticas» ya que, gracias a la revisión del otro traductor, aprenderá.

Y luego está el asunto del recargo por urgencia o por trabajar el fin de semana. Sí, sí. Mi oferta implicaba trabajar el fin de semana. Y la oferta de la traductora, iba a trabajar en fin de semana a 0,05 euros por palabra. Qué caña. Pues, sí, señores, la gente cobra recargos por urgencia y por fin de semana. Hay que pedirlo. Y el cliente debe pagarlo. Si no lo hace es que la agencia no ha sabido negociar bien con él. ¿Qué ocurre si perdemos las llaves de casa y tenemos que llamar a un cerrajero de urgencia un jueves a las 23 horas? Que nos cobra más de lo que nos habría cobrado si le llamamos 5 horas o dos días antes. Pues aquí pasa los mismo. El trabajo extra hay que cobrarlo. Obviamente no siempre funciona así, pero eso sería lo ideal. Ahí, una vez más, la agencia tiene que saber hacerse respetar por el cliente.

En fin, que tenemos que aprender a valorarnos más, a querernos más y a ser más profesionales. Y podría decir más cosas sobre este asunto, pero son las 9 de la noche y me voy a hacer la cena. Otro día más. 🙂

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Un toque de humor

16/02/2012

No he podido evitarlo. Mi amiga Mariana ha puesto esto en su Twitter y yo no tengo más remedio que tomarlo prestado. 😉

Por cierto que, aunque estudió traducción, Mariana no trabaja en este campo. De hecho, no le gusta nada. Pero tiene un blog que, si bien no tiene nada que ver con la traducción, tiene entradas muy divertidas (y reales, que es lo mejor de todo). Eso sí, a veces hay que tener un poco de sentido del humor para reírte con ella. Aquellos que queráis dejar de pensar en la traducción por un rato, daos un paseo por Dentro de mi maleta, el blog de Mariana Crespo. (Os recomiendo empezar por el principio.)

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